USHANAN – JAMPI
Por Enrique López Albujar.
La plaza de
Chupán hervía de gente. El pueblo entero, ávido de curiosidad, se había
congregado en ella desde las primeras horas de la mañana, en espera del gran
acto de justicia a que se le había convocado la víspera, solemnemente.
Se habían
suspendido todos los quehaceres particulares y todos los servicios públicos.
Allí estaba el jornalero, poncho al hombro, sonriendo, con sonrisa idiota, ante
las frases intencionadas de los coros; el pastor greñudo, de pantorrillas
bronceadas y musculosas, serpenteadas de venas, como lianas en torno de un
tronco; el viejo silencioso y taimado, mascador de coca sempiterno; la mozuela
tímida y pulcra, de pies limpios y bruñidos como acero pavonado, y uñas
desconchadas y roídas y faldas negras y esponjosas como repollo; la vieja
regañosa, haciendo perinolear al aire el huso mientras barbotea un rosario
interminable de conjuros, y el chiquillo, con su clásico sombrero de falda
gacha y copa cónica —sombrero de payaso— tiritando al abrigo de un ilusorio
ponchito, que apenas le llega al vértice de los codos.
Y por entre
esa multitud, los perros, unos perros color de ámbar sucio, hoscos, héticos, de
cabezas angulosas y largas como cajas de violín, costillas transparentes, pelos
hirsutos, mirada de lobo, cola de zorro y patas largas, nervudas y nudosas
—verdaderas patas de arácnido— yendo y viniendo incesantemente, olfateando a
las gentes con descaro, interrogándoles con miradas de ferocidad contenida,
lanzando ladridos impacientes, de bestias que reclamaran su pitanza.
Se trataba
de hacerle justicia a un agraviado de la comunidad, a quien uno de sus
miembros, Cunce Maille, ladrón incorregible, le había robado días antes una
vaca. Un delito que había alarmado a todos profundamente, no tanto por el hecho
en sí cuanto por la circunstancia de ser la tercera vez que un mismo individuo
cometía igual crimen. Algo inaudito en la comunidad. Aquello significaba un
reto, una burla a la justicia severa e inflexible de los yayas, merecedora de
un castigo pronto y ejemplar.
Al pleno
sol, frente a la casa comunal y en torno de una mesa rústica y maciza, con
macicez de mueble incaico, el gran consejo de los yayas, constituido en
tribunal, presidía el acto, solemne, impasible, impenetrable, sin más señales
de vida que el movimiento acompasado y leve de las bocas chacchadoras, que
parecían tascar un freno invisible.
De pronto
los yayas dejaron de chacchar, arrojaron de un escupitajo la papilla verdusca
de la masticación, limpiáronse en un pase de manos las bocas espumosas y el viejo
Marcos Huacachino, que presidía el consejo, exclamó:
—Ya hemos
chacchado bastante. La coca nos aconsejará en el momento de la justicia. Ahora
bebamos para hacerlo mejor.
Y todos,
servidos por un decurión, fueron vaciando a grandes tragos un enorme vaso de
chacta.
—Que
traigan a Cunce Maille —ordenó Huacachino una vez que todos terminaron de
beber.
Y,
repentinamente, maniatado y conducido por cuatro mozos corpulentos, apareció
ante el tribunal .un indio de edad incalculable, alto, fornido, ceñudo y que
parecía desdeñar las injurias y amenazas de la muchedumbre. En esa actitud, con
la ropa ensangrentada y desgarrada por las manos de sus perseguidores y las
dentelladas de los perros ganaderos, el indio más parecía la estatua de la
rebeldía que la del abatimiento. Era tal la regularidad de sus facciones de
indio puro, la gallardía de su cuerpo, la altivez de su mirada, su porte
señorial, que, a pesar de sus ojos sanguinolentos, fluía de su persona una gran
simpatía, la simpatía que despiertan los hombres que poseen la hermosura y la
fuerza.
—
¡Suéltenlo! —exclamó la misma voz que había ordenado traerlo.
Una vez
libre Maille, se cruzó de brazos, irguió la desnuda y revuelta cabeza,
desparramó sobre el consejo una mirada sutilmente desdeñosa y esperó.
—José
Ponciano te acusa de que el miércoles pasado le robaste una vaca mulinera y que
has ido a vendérsela a los de Obas. ¿Tú qué dices?
— ¡Verdad!
Pero Ponciano me robó el año pasado un toro. Estamos pagados.
— ¿Por qué
entonces no te quejaste?
—Porque yo
no necesito de que nadie me haga justicia. Yo mismo sé hacérmela.
—Los yayas
no consentimos que aquí nadie se haga justicia. El que se la hace pierde su
derecho.
Ponciano,
al verse aludido, intervino:
—Maille
está mintiendo, taita. El toro que dice que yo se lo robé, se lo compré a
Natividad Huaylas. Que lo diga; está presente.
—Verdad,
taita —contestó un indio, adelantándose hasta la mesa del consejo.
— ¡Yerro!
—Gritó Maille, encarándose ferozmente a Huaylas—. Tan ladrón tú como Ponciano.
Todo lo que tú vendes es robado. Aquí todos se roban.
Ante tal
imputación, los yayas, que al parecer dormitaban, hicieron un movimiento de
impaciencia al mismo tiempo que muchos individuos del pueblo levantaban sus
garrotes en son de protesta y los blandían gruñendo rabiosamente. Pero el jefe
del tribunal, más inal¬terable que nunca, después de imponer silencio con gesto
imperioso, dijo:
--Cunce
Maille, has dicho una brutalidad que ha ofendido a todos. Podríamos castigarte
entregándote a la justicia del pueblo, pero sería abusar de nuestro poder.
Y dirigiéndose
al agraviado José Ponciano, que, desde uno de los extremos de la mesa, miraba
torvamente a Maille, añadió:
— ¿En cuánto
estimas tu vaca, Ponciano? —Treinta soles, taita. Estaba para parir, taita.
En vista de
esta respuesta, el presidente se dirigió al público en esta forma:
— ¿Quién
conoce la vaca de Ponciano? ¿Cuánto podrá costar la vaca de Ponciano?
Muchas voces
contestaron a un tiempo que la cono¬cían y que podría costar realmente los
treinta soles que le había fijado su dueño.
— ¿Has oído,
Maille? —dijo el presidente al aludido.
—He oído, pero
no tengo dinero para pagar.
—Tienes ganados, tienes tierras, tienes casa. Se te embargará uno de tus ganados, y como tú no puedes seguir aquí porque es la tercera vez que compareces ante nosotros por ladrón, saldrás de Chupan inmediatamente y para siempre. La primera vez te aconsejamos lo que debías hacer para que te enmendaras y volvieras a ser hombre de bien. No has querido. Te burlaste del yaachischum. La segunda vez tratamos de ponerte bien con Felipe Tacuche, a quien le robaste diez carneros. Tampoco hiciste caso del alli-achishum, pues no has querido reconciliarte con tu agraviado y vives amenazándole constantemente... Hoy le ha tocado a Ponciano ser el perjudicado y mañana quién sabe a quién le tocará. Eres un peligro para todos. Ha llegado el momento de botarte y aplicarte el jitarishum. Vas a irte para no volver más. Si vuelves, ya sabes lo que te espera: te cogemos y te aplicamos ushanan-jampi. ¿Has oído bien, Cunce Maille?
Maille se
encogió de hombros, miró al tribunal con indiferencia, echó mano al huallqui,
que por milagro había conservado en la persecución, y sacando un poco de coca
se puso a chacchar lentamente.
El presidente
de los yayas, que tampoco se inmutó por esta especie de desafío del acusado,
dirigiéndose a sus colegas, volvió a decir:
—Compañeros,
este hombre que está delante de nosotros es Cunce Maille, acusado por tercera
vez de robo en nuestra comunidad. El robo es notorio; no lo ha desmentido; no
ha probado su inocencia. ¿Qué debemos hacer con él?
—Botarlo de
aquí: aplicarle jitarishum —contestaron a una voz los yayas, volviendo a quedar
mudos e impasibles.
— ¿Has
oído, Maille? Hemos procurado hacerte un hombre de bien, pero no lo has
querido. Caiga sobre ti jitarishum.
Después,
levantándose y dirigiéndose al pueblo, añadió con voz solemne y más alta que la
empleada hasta entonces:
—Este
hombre que ven aquí es Cunce Maille, a quien vamos a botar de la comunidad por
ladrón. Si alguna vez se atreve a volver a nuestras tierras, cualquiera de los
presentes (podrá matarle. No lo olviden. Decuriones, cojan a ese hombre y
sígannos.
Y los
yayas, seguidos del acusado y de la muchedumbre, abandonaron la plaza,
atravesaron el pueblo y comenzaron a descender por una escarpada senda, en
medio de un imponente silencio, turbado sólo por el tableteo de los shucuyes.
Aquello era una procesión de mudos bajo un nimbo de recogimiento. Hasta los
perros, momentos antes inquietos, bulliciosos, marchaban en silencio, gachas
las orejas y las colas, como percatados de la solemnidad del acto.
Después de
un cuarto de hora de marcha por senderos abruptos, sembrados de piedras y
cactos tentaculares y amenazadores como pulpos rabiosos —senderos de pastores y
cabras—, el jefe de los yayas levantó su vara de alcalde, adornada de cintajos
multicolores y de flores de planta de manufactura infantil, y la extraña
procesión se detuvo al borde del riachuelo que separa las tierras de Chupán de
las Obas.
— ¡Suelten
a ese hombre! —exclamó el yaya de la vara.
Y
dirigiéndose al reo:
— Cunce
Maille: desde este momento tus pies no pueden seguir pisando nuestras tierras
porque nuestros jircas se enojarían, y su enojo causaría la pérdida de las
cosechas, y se secarían las quebradas y vendría la peste. Pasa el río y aléjate
para siempre de aquí.
Maille
volvió la cara hacia la multitud, que con gesto de asco e indignación, más
fingido que real, acababa de acompañar las palabras sentenciosas del yaya, y,
después de lanzar al suelo un escupitajo enormemente despreciativo, con ese
desprecio que sólo el rostro de un indio es capaz de expresar, exclamó:
—
¡Ysmayta-micuy!
Y de cuatro
saltos salvó las aguas del Chillán y desapareció entre los matorrales de la
banda opuesta, mientras los perros, alarmados de ver a un hombre que huía y
excitados por el largo silencio, se desquitaban ladrando furiosamente, sin
atreverse a penetrar en las cristalinas y bulliciosas aguas del riachuelo.
Si para
cualquier hombre la expulsión es una afrenta, para un indio, y un indio como
Cunce Maille, la expulsión de la comunidad significa todas las afrentas
posibles, el resumen de todos los dolores frente a la pérdida de todos los
bienes: la choza, la tierra, el ganado, el jirca y la familia. Sobre todo, la
choza.
El
jitarishum es la muerte civil del condenado, una muerte de la que jamás se
vuelve a la rehabilitación; que condena al indio al ostracismo perpetuo y
parece marcarle con un signo que le cierra para siempre las puertas de la
comunidad. Se le deja solamente la vida para que vague con ella a cuestas por
quebradas, cerros, punas y bosques, o para que baje a vivir en las ciudades
bajo la férula del misti; lo que para un indio altivo y amante de las alturas
es un suplicio y una vergüenza.
Y Cunce Maille, dada su naturaleza rebelde y combativa,
jamás podría resignarse a la expulsión que acababa de sufrir. Sobre todo, había
dos fuerzas que le atraían constantemente a la tierra perdida: su madre y su
choza. ¿Qué iba a ser de su madre sin él? Este pensamiento le irritaba y le
hacía concebir los más inauditos proyectos. Y exaltado por los recuerdos,
nos¬tálgico y cargado su corazón de odio, como una nube de electricidad, harto
en pocos días de la vida de azar y merodeo que se le obligaba a llevar, volvió
a repasar, en las postrimerías de una noche, el mismo riachuelo que un mes
antes cruzara a pleno sol, bajo el silencio de una poblada hostil y los
ladridos de una jauría famélica y feroz.
A pesar de su valentía comprobada cien veces. Maille,
al pisar la tierra prohibida, sintió como una mano que le apretaba el corazón,
y tuvo miedo. ¿Miedo de qué? ¿De la muerte? ¿Pero qué podría importarle la
muerte a él, acostumbrado a jugarse la vida por nada? ¿Y no tenía para eso su
carabina y sus cien tiros? Lo suficiente para batirse con Chupán entero y
es¬capar cuando se le antojara.
Y el indio, con el arma preparada, avanzó cauteloso
auscultando tolos los ruidos, oteando los matorrales, por la misma senda de los
despeñaderos y de los cactos tentaculares y ''amenazadores como pulpos, especie
de vía crucis, por donde solamente se atrevían a bajar, pero nunca a subir, los
chupanes, por estar reservada para los grandes momentos de su feroz justicia.
Aquello era como la roca Tarpeya del pueblo.
Maille salvó todas las dificultades de la ascensión y,
una vez en el pueblo, se detuvo frente a una casucha y lanzó un grito breve y
gutural, lúgubre, como el gruñido de un cerdo dentro de un cántaro. La puerta
se abrió y dos brazos se enroscaron al cuello del proscrito, al mismo tiempo
que una voz decía:
—Entra, guagua-yau, entra. Hace muchas noches que tu
madre no duerme esperándote. ¿Te habrán visto?
Maille, por toda respuesta, se encogió de hombros y
entró.
Pera el gran consejo de los yayas, sabedor por
experiencia propia de lo que el indio ama su hogar, del gran dolor que siente
cuando se ve obligado a vivir fuera de él, de la rabia que se adhiere a todo lo
suyo, hasta el punto de morirse de tristeza cuando le falta poder para
recuperarlo, pensaba: "Maille volverá cualquier noche de éstas; Maille es
audaz, no nos teme, nos desprecia, y cuando él siente el deseo de chacchar bajo
su techo y al lado de la vieja Nastasia, no habrá nada que lo detenga".
Y los yayas pensaban bien. La choza sería la trampa en
que habría de caer alguna vez el condenado. Y resolvieron vigilarla día y
noche, por turno, con disimu¬lo y tenacidad verdaderamente indios.
Por eso
aquella noche, apenas Cunce Maille penetró a su casa, un espía corrió a
comunicar la noticia al jefe de los yayas.
—Cunce
Maille ha entrado a su casa, taita. Nastasia le ha abierto la puerta —exclamó
palpitante, emocionado, estremecido aún por el temor, con la cara de un perro
que viera a un león de repente.
— ¿Estás
seguro, Santos?
—Sí, taita.
Nastasia lo abrazó. ¿A quién podrá abrazar la vieja Nastasia, taita? Es
Cunce...
— ¿Está
armado?
—Con
carabina, taita. Si vamos a sacarlo, iremos todos armados. Cunee es malo y.
tira bien.
Y la
noticia se esparció por el pueblo eléctricamente... "¡Ha llegado Cunee
Maille! ¡Ha llegado Cunee Maille!" era la frase que repetían todos
estremeciéndose. Inmediatamente se formaron grupos. Los hombres sacaron a
relucir sus grandes garrotes —los garrotes de los momentos trágicos—; las
mujeres, en cuclillas, comenzaron a formar ruedas frente a la puerta de sus
casas, y los perros, inquietos, sacudidos por el instinto, a llamarse y dialogar
a la distancia.
— ¿Oyes,
Cunee? —Murmuró la vieja Nastasia, que, recelosa y con el oído pegado a la
puerta, no perdía el menor ruido, mientras aquél, sentado sobre un banco,
chacchaba impasible, como olvidado de las cosas del mundo—. Siento pasos de que
se acercan, y los perros se están preguntando quién ha venido de fuera. ¿No
oyes? Te habrán visto. ¡Para qué habrás venido, guagua-yau!
Cunee hizo
un gesto desdeñoso y se limitó a decir:
—Ya te he
visto, mi vieja, y me he dado el gusto de saborear una chacchada en mi casa.
Voime ya. Volveré otro día.
Y el indio,
levantándose y fingiendo una brusquedad que no sentía, esquivó el abrazo de su
madre y, sin volverse, abrió la puerta, asomó la cabeza a ras del suelo y
atisbó. Ni ruidos, ni bultos sospechosos; sólo una leve y rosada claridad
comenzaba a teñir la cumbre de los cerros.
Pero Maille
era demasiado receloso y astuto, como buen indio, para fiarse de este silencio.
Ordenóle a su madre pasar a la otra habitación y tenderse boca abajo; dio en
seguido un paso atrás, para tomar impulso, y de un gran salto al sesgo salvó la
puerta y echó a correr como una exhalación. Sonó una descarga y una lluvia de
plomo acribilló la puerta de la choza, al mismo tiempo que innumerables grupos
de indios armados de todas armas, aparecían por todas partes gritando:
— ¡Muera
Cunce Maille! ¡Ushanan-jarnpi! ¡Ushanan-jampi!
Maille
apenas logró correr unos cien pasos, pues otra descarga, que recibió de frente,
le obligó a retroceder y escalar de cuatro saltos felinos el aislado campanario
de la iglesia, desde donde, resuelto y feroz, empezó a disparar certeramente
sobre los primeros que intentaron alcanzarle.
Entonces
comenzó algo jamás visto por esos hombres rudos y acostumbrados a todos los
horrores y ferocidades; algo que, iniciado con un reto, llevaba trazas de
acabar en una heroicidad monstruosa, épica, digna de la grandeza de un canto.
A cada diez
tiros de los sitiadores, tiros inútiles, de rifles anticuados, de escopetas
inválidas, hechos por manos temblorosas, el sitiado respondía con uno
invariablemente certero, que arrancaba un lamento y cien alaridos. A las dos
horas había puesto fuera de combate a una docena de asaltantes, entre ellos a
un yaya, lo que había enfurecido al pueblo entero.
— ¡Tomen,
perros! —gritaba Maille a cada indio que derribaba—. Antes que me cojan mataré
cincuenta. Cunee Maille vale cincuenta- perros chupanes. ¿Dónde está Marcos Huacachino?
¿Quiere un poquito de cal para su boca con esta shipina?
Y la
shipina era el cañón del arma, que amenazadora y mortífera, apuntaba en todo
sentido.
Ante tanto
horror, que parecía no tener término, los yayas, después de larga deliberación,
resolvieron tratar con el rebelde. El comisionado debería comenzar por
ofrecerle todo, hasta la vida, que, una vez abajo y entre ellos, ya se vería
cómo eludir la palabra empeñada. Para esto era necesario un hombre animoso y
astuto como Maille, y de palabra capaz de convencer al más desconfiado.
Alguien
señaló a José Facundo. "Verdad —exclamaron los demás—. Facundo engaña al
zorro cuando quiere y hace bailar al jirca más furioso".
Y Facundo,
después de aceptar tranquilamente la honrosa comisión, recostó su escopeta en
la tapia en que estaba parapetado, sentóse, sacó un puñado de coca y se puso a
catipar religiosamente
por espacio de diez minutos largos. Hecha la catipa y satisfecho del sabor de
la coca, saltó la tapia y emprendió una vertiginosa carrera, llena de saltos y
zigzags, en dirección al campanario gritando:
— ¡Amigo Cunee!, ¡amigo
Cunce! Facundo quiere hablarte.
Cunce Maille le dejó
llegar y una vez que lo vio sentarse en el primer escalón de la gradería le
preguntó:
— ¿Qué quieres, Facundo?
—Pedirte que bajes y te vayas. — ¿Quién te manda?
— ¡Yayas!
—Yayas son unos
supaypa-huachasgan, que cuando huelen sangre quieren beberla. ¿No querrán beber
la mía?
—No; yayas me encargan
decirte que si quieres te abrazarán y beberán contigo un trago de chacta en el
mismo jarro y te dejarán salir con la condición de que no vuelvas más.
—Han querido matarme.
—Ellos no; ushanan-jampi,
nuestra ley. Ushanan-jampi igual para todos; pero se olvidará esta vez para ti.
Están asombrados de tu valentía. Flan preguntado a nuestro gran jirca-yayag y
él ha dicho que no te toquen. También han catipado y la coca les ha dicho lo
mismo. Están pesarosos.
Cunce Maille vaciló, pero
comprendiendo que la situación en que se encontraba no podía continuar
indefinidamente, que, al fin, llegaría el instante en que habría de agotársele
la munición y vendría el hambre, acabó por decir, al mismo tiempo que bajaba:
—No quiero abrazos ni
chacta. Que vengan aquí todos los yayas desarmados y, a veinte pasos de
distancia, juren por nuestro jirca que me dejarán partir sin molestarme.
Lo que pedía Maille era
una enormidad, una enormidad que Facundo no podía prometer, no sólo porque no
estaba autorizado para ello sino porque ante el poder del ushanan-jampi no
había juramento posible.
Facundo vaciló también,
pero su vacilación fue cosa de un instante. Y, después de reír con gesto de
perro a quien le hubiesen pisado la cola, replicó:
—He venido a ofrecerte lo
que pides. Eres como mi hermano y yo le ofrezco lo que quiera a mi hermano.
Y, abriendo los brazos,
añadió:
—Cunce, ¿no habrá para tu
hermano Facundo un abrazo? Yo no soy yaya. Quiero tener el orgullo de decirle
mañana a todo Chupán que me he abrazado con un valiente como tú.
Maille desarrugó el ceño,
sonrió ante la frase aduladora y, dejando su carabina a un lado, se precipitó
en los brazos de Facundo. El choque fue terrible. En vez de un estrechón
efusivo y breve, lo que sintió Maille fue el enroscamiento de dos brazos
musculosos, que amenazaban ahogarle. Maille comprendió instantáneamente el lazo
que se le había tendido, y, rápido corno el tigre, estrechó más fuerte a su
adversario, levantóle en peso e intentó escalar con él el campanario. Pero al
poner el pie en el primer escalón, Facundo, que no había perdido la serenidad,
con un brusco movimiento de riñones hizo perder a Maille el equilibrio, y ambos
rodaron por el suelo, escupiéndose injurias y amenazas. Después de un violento
forcejeo, en que los huesos crujían y los pechos jadeaban, Maille logró quedar
encima de su contendor.
— ¡Perro, más perro que
los yayas! —Exclamó Maille, trémulo de ira—; te voy a retacear allá arriba,
después de comerte la lengua.
— ¡Ya está!, ¡ya está!,
¡ya está! ¡Ushanan-jampi!
— ¡Calla, traidor!—,
volvió a rugir Maille, dándole un puñetazo feroz en la boca, y cogiendo a
Facundo por la garganta se la apretó tan profundamente que le hizo saltar la
lengua lívida, viscosa, enorme, vibrante como la cola de un pez cogido por la
cabeza, a la vez que entornaba los ojos y una gran conmoción se deslizaba por
su cuerpo como una onda.
Maille sonrió
satánicamente; desenvainó el cuchillo, cortó de un tajo la lengua de su víctima
y se levantó con intención de volver al campanario. Pero los sitiadores, que
aprovechando el tiempo que había durado la lucha, lo habían estrechamente
rodeado, se lo impidieron. Un garrotazo en la cabeza lo aturdió; una puñalada
en la espalda lo hizo tambalear; una pedrada en el pecho obligóle a soltar el
cuchillo y llevarse las manos a la herida. Sin embargo, aún pudo reaccionar y
abrirse paso a puñadas y puntapiés y llegar, batiéndose en retirada, hasta su
casa. Pero la turba que lo seguía de cerca, penetró tras él en el momento en
que el infeliz caía en los brazos de su madre. Diez puñales se le hundieron en
el cuerpo.
— ¡No le
hagan así, taitas, que el corazón me duele! —gritó la vieja Nastasia, mientras,
salpicado el rostro de sangre, caía de bruces, arrastrada por el desmadejado
cuerpo de su hijo y por el choque de la feroz acometida. Entonces desarrollóse
una escena horripilante, canibalesca. Los cuchillos, cansados de punzar,
comenzaron a tajar, a partir, descuartizar. Mientras una mano arrancaba el
corazón y otra los ojos, ésta cortaba la lengua y aquélla vaciaba el vientre de
la víctima. Y todo esto acompañado de gritos, risotadas, insultos e
imprecaciones, coreados por los feroces ladridos de los perros, que, a través
de las piernas de los asesinos, daban grandes tarascadas al cadáver y sumergían
ansiosamente los puntiagudos hocicos en el charco sangriento.
— ¡A
arrastrarlo! —Gritó una voz—.
— ¡A
arrastrarlo! —Respondieron cien más—.
— ¡A la
quebrada con él!
— ¡A la
quebrada!
Inmediatamente
se le anudó una soga al cuello y comenzó el arrastre. Primero por el pueblo,
para que, según los yayas, todos vieran cómo se cumplía el ushanan-jampi, después
por la senda de los cactos.
Cuando los
arrastradores llegaron al fondo de la quebrada, a las orillas del Chillán, sólo
quedaba de Cunce Maille la cabeza y un resto de espina dorsal. Lo demás quedóse
entre los cactos, las puntas de las rocas y las quijadas insaciables de los
perros.
Seis meses
después, todavía podía verse sobre el dintel de la puerta de la abandonada y
siniestra casa de los Maille, unos colgajos secos, retorcidos, amarillentos,
grasos, a manera de guirnaldas; eran los intestinos de Cunee Maille, puestos
allí por mandato de la justi¬cia implacable de los yayas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.