ESPAÑA
Más allá de los símbolos,
más allá de la pompa y la
ceniza de los aniversarios,
más allá de la aberración
del gramático
que ve en la historia del
hidalgo
que soñaba ser don
Quijote y al fin lo fue,
no una amistad y una
alegría
sino un herbario de
arcaísmos y un refranero,
estás, España silenciosa,
en nosotros.
España del bisonte, que
moriría
por el hierro o el rifle,
en las praderas del
ocaso, en Montana,
España donde Ulises
descendió a la Casa de Hades,
España del íbero, del
celta, del cartaginés, y de Roma,
España de los duros
visigodos,
de estirpe escandinava,
que deletrearon y
olvidaron la escritura de Ulfilas,
pastor de pueblos,
España del Islam, de la cábala
y de la Noche Oscura del
Alma,
España de los
inquisidores,
que padecieron el destino
de ser verdugos
y hubieran podido ser
mártires,
España de la larga
aventura
que descifró los mares y
redujo crueles imperios
y que prosigue aquí, en
Buenos Aires,
en este atardecer del mes
de julio de 1964,
España de la otra
guitarra, la desgarrada,
no la humilde, la
nuestra,
España de los patios,
España de la piedra
piadosa de catedrales y santuarios,
España de la hombría de
bien y de la caudalosa amistad,
España del inútil coraje,
podemos profesar otros
amores,
podemos olvidarte
como olvidamos nuestro
propio pasado,
porque inseparablemente
estás en nosotros,
en los íntimos hábitos de
la sangre,
en los Acevedo y los
Suárez de mi linaje,
España,
madre de ríos y de
espadas y de multiplicadas generaciones,
incesante y fatal.
EL REMORDIMIENTO
He cometido el peor de
los pecados
que un hombre puede
cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares
del olvido
me arrastren y me
pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron
para el juego
arriesgado y hermoso de
la vida,
para la tierra, el agua,
el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui
feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad.
Mi mente
se aplicó a las
simétricas porfías
del arte, que entreteje
naderías.
Me legaron valor. No fui
valiente.
No me abandona. Siempre
está a mi lado
La sombra de haber sido
un desdichado.
LAS COSAS
El bastón, las monedas,
el llavero,
la dócil cerradura, las
tardías
notas que no leerán los
pocos días
que me quedan, los naipes
y el tablero,
un libro y en sus páginas
la ajada
violeta, monumento de una
tarde
sin duda inolvidable y ya
olvidada,
el rojo espejo occidental
en que arde
una ilusoria aurora.
¡Cuántas cosas,
láminas, umbrales, atlas,
copas, clavos,
nos sirven como tácitos
esclavos,
ciegas y extrañamente
sigilosas!
Durarán más allá de
nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos
hemos ido.
MAYO 20, 1928
Ahora es invulnerable
como los dioses.
Nada en la tierra puede
herirlo, ni el desamor de una mujer, ni la tisis, ni las ansiedades del verso,
ni esa cosa blanca, la luna, que ya no tiene que fijar en palabras.
Camina lentamente bajo
los tilos; mira las balaustradas y las puertas, no para recordarlas.
Ya sabe cuántas noches y
cuántas mañanas le faltan.
Su voluntad le ha
impuesto una disciplina precisa. Hará determinados actos, cruzará previstas
esquinas, tocará un árbol o una reja, para que el porvenir sea tan irrevocable
como el pasado.
Obra de esa manera para
que el hecho que desea y que teme no sea otra cosa que el término final de una
serie.
Camina por la calle 49;
piensa que nunca atravesará tal o cual zaguán lateral.
Sin que lo sospecharan,
se ha despedido ya de muchos amigos.
Piensa lo que nunca
sabrá, si el día siguiente será un día de lluvia.
Se cruza con un conocido
y le hace una broma. Sabe que este episodio será, durante algún tiempo, una
anécdota.
Ahora es invulnerable
como los muertos.
En la hora fijada, subirá
por unos escalones de mármol. (Esto perdurará en la memoria de otros.)
Bajará al lavatorio; en
el piso ajedrezado el agua borrará muy pronto la sangre. El espejo lo aguarda.
Se alisará el pelo, se
ajustará el nudo de la corbata (siempre fue un poco dandy, como cuadra a un
joven poeta) y tratará de imaginar que el otro, el del cristal, ejecuta los
actos y que él, su doble, los repite. La mano no le temblará cuando ocurra el
último. Dócilmente, mágicamente, ya habrá apoyado el arma contra la sien.
AUSENCIA
Habré de levantar la
vasta vida
que aún ahora es tu
espejo:
cada mañana habré de
reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han
tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nichos
de tu imagen,
músicas en que siempre me
aguardabas;
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas
con mis manos.
¿En qué hondonada
esconderé mi alma
para que no vea tu
ausencia
que, como un sol
terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y
despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la
garganta,
el mar al que se hunde.
1.964
I
Ya no es mágico el mundo.
Te han dejado.
Ya no compartirás la
clara luna
ni los lentos jardines:
Ya no hay una
luna que no sea espejo
del pasado,
cristal de soledad, sol
de agonías.
Adiós las mutuas manos y
las sienes
que acercaba el amor. Hoy
sólo tienes
la fiel memoria y los
desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no
ha tenido
nunca, pero no basta ser
valiente
para aprender el arte del
olvido.
Un símbolo, una rosa, te
desgarra
y te puede matar una
guitarra.
II
Ya no seré feliz. Tal vez
no importa.
Hay tantas otras cosas en
el mundo;
un instante cualquiera es
más profundo
y diverso que el mar. La
vida es corta
y aunque las horas son
tan largas, una
oscura maravilla nos
acecha,
la muerte, ese otro mar,
esa otra flecha
que nos libra del sol y
de la luna
y del amor. La dicha que
me diste
y me quitaste debe ser
borrada;
lo que era todo tiene que
ser nada.
Sólo me queda el goce de
estar triste,
esa vana costumbre que me
inclina
al Sur, a cierta puerta,
a cierta esquina.
MILONGA DE MANUEL FLÓREZ
Manuel Flórez va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.
Y sin embargo me duele
decirle adiós a la vida,
esa cosa tan de siempre,
tan dulce y tan conocida.
Miro en el alba mis
manos,
miro en las manos las
venas;
on extrañeza las miro
como si fueran ajenas.
Vendrán los cuatro
balazos
y con los cuatro el
olvido;
lo dijo el sabio Merlín:
morir es haber nacido.
¡Cuánta cosa en su camino
estos ojos habrán visto!
Quién sabe lo que verán
después que me juzgue
Cristo.
Manuel Flórez va a morir.
Eso es moneda corriente;
morir es una costumbre
que sabe tener la gente.
UN PATIO
Con la tarde
se cansaron los dos o
tres colores del patio.
Esta noche, la luna, el
claro círculo,
no domina su espacio.
Patio, cielo encauzado.
El patio es el declive
por el cual se derrama el
cielo en la casa.
Serena,
la eternidad espera en la
encrucijada de estrellas.
Grato es vivir en la
amistad oscura
de un zaguán, de una
parra y de un aljibe.
LA LLUVIA
Bruscamente la tarde se
ha aclarado
porque ya cae la lluvia
minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es
una cosa
que sin duda sucede en el
pasado.
Quien la oye caer ha
recobrado
el tiempo en que la
suerte venturosa
le reveló una flor
llamada rosa
y el curioso color del
colorado.
Esta lluvia que ciega los
cristales
alegrará en perdidos
arrabales
las negras uvas de una
parra en cierto
patio que ya no existe.
La mojada
tarde me trae la voz, la
voz deseada,
de mi padre que vuelve y
que no ha muerto.
EL ENAMORADO
Lunas, marfiles,
instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de
Durero,
las nueve cifras y el
cambiante cero,
debo fingir que existen
esas cosas.
Debo fingir que en el
pasado fueron
Persépolis y Roma y que
una arena
sutil midió la suerte de
la almena
que los siglos de hierro
deshicieron.
Debo fingir las armas y
la pira
de la epopeya y los
pesados mares
que roen de la tierra los
pilares.
Debo fingir que hay
otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi
desventura
y mi ventura, inagotable y pura.
"El Golem"
Si (como afirma el griego
en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de
la cosa
en las letras de ‘rosa’
está la rosa
y todo el Nilo en la
palabra ‘Nilo’.
Y, hecho de consonantes y
vocales,
habrá un terrible Nombre,
que la esencia
cifre de Dios y que la
Omnipotencia
guarde en letras y
sílabas cabales.
Adán y las estrellas lo
supieron
en el Jardín. La
herrumbre del pecado
(dicen los cabalistas) lo
ha borrado
y las generaciones lo
perdieron.
Los artificios y el
candor del hombre
no tienen fin. Sabemos
que hubo un día
en que el pueblo de Dios
buscaba el Nombre
en las vigilias de la judería.
No a la manera de otras
que una vaga
sombra insinúan en la
vaga historia,
aún está verde y viva la
memoria
de Judá León, que era
rabino en Praga.
Sediento de saber lo que
Dios sabe,
Judá León se dio a
permutaciones
de letras y a complejas
variaciones
y al fin pronunció el
Nombre que es la Clave
CAJA DE MÚSICA
(Cantado por Pedro Aznar)
Música del Japón. Avaramente
De la clepsidra se
desprenden gotas
De lenta miel o de
invisible oro
Que en el tiempo repiten
una trama
Eterna y frágil,
misteriosa y clara.
Temo que cada una sea la
última.
Son un ayer que vuelve.
¿De qué templo,
De qué leve jardín en la
montaña,
De qué vigilias ante un
mar que ignoro,
De qué pudor de la
melancolía,
De qué perdida y
rescatada tarde,
¿Llegan a mí, su porvenir
remoto?
No lo sabré. No importa.
En esa música
Yo soy. Yo quiero ser. Yo
me desangro.
EL RELOJ DE ARENA
Está bien que se mida con
la dura
Sombra que una columna en
el estío
Arroja o con el agua de
aquel río
En que Heráclito vio
nuestra locura
El tiempo, ya que al
tiempo y al destino
Se parecen los dos: la
imponderable
Sombra diurna y el curso
irrevocable
Del agua que prosigue su
camino.
Está bien, pero el tiempo
en los desiertos
Otra substancia halló,
suave y pesada,
Que parece haber sido
imaginada
Para medir el tiempo de
los muertos.
Surge así el alegórico
instrumento
De los grabados de los
diccionarios,
La pieza que los grises
anticuarios
Relegarán al mundo
ceniciento
Del alfil desparejo, de
la espada
Inerme, del borroso
telescopio,
Del sándalo mordido por
el opio
Del polvo, del azar y de
la nada.
¿Quién no se ha demorado
ante el severo
Y tétrico instrumento que
acompaña
En la diestra del dios a
la guadaña
¿Y cuyas líneas repitió
Durero?
Por el ápice abierto el
cono inverso
Deja caer la cautelosa
arena,
Oro gradual que se
desprende y llena
El cóncavo cristal de su
universo.
SONETO DEL VINO
¿En qué reino, en qué
siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros,
en qué secreto día
que el mármol no ha
salvado, surgió la valerosa
y singular idea de
inventar la alegría?
Con otoños de oro la
inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de
las generaciones
como el río del tiempo y
en el arduo camino
nos prodiga su música, su
fuego y sus leones.
En la noche del júbilo o
en la jornada adversa
exalta la alegría o
mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que
este día le canto
Otrora lo cantaron el
árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de
ver mi propia historia
como si ésta ya fuera
ceniza en la memoria.
EL INSTANTE
¿Dónde estarán los
siglos, dónde el sueño
de espadas que los
tártaros soñaron,
dónde los fuertes muros
que allanaron,
dónde el Árbol de Adán y
el otro Leño?
El presente está solo. La
memoria
erige el tiempo. Sucesión
y engaño
es la rutina del reloj.
El año
no es menos vano que la
vana historia.
Entre el alba y la noche
hay un abismo
de agonías, de luces, de
cuidados;
el rostro que se mira en
los gastados
espejos de la noche no es
el mismo.
El hoy fugaz es tenue y
es eterno;
otro Cielo no esperes, ni
otro Infierno.
AJEDREZ
I
En su grave rincón, los
jugadores
Rigen las lentas piezas.
El tablero
Los demora hasta el alba en
su severo
Ambito en que se odian
dos colores.
Adentro irradian mágicos
rigores
Las formas: torre
homérica, ligero
Caballo, armada reina,
rey postrero,
Oblicuo alfil y peones
agresores.
Cuando los jugadores se
hayan ido,
Cuando el tiempo los haya
consumido,
Ciertamente no habrá
cesado el rito.
En el Oriente se encendió
esta guerra
Cuyo anfiteatro es hoy
toda la tierra.
Como el otro, este juego
es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil,
encarnizada
Reina, torre directa y
peón ladino
Sobre lo negro y blanco
del camino
Buscan y libran su
batalla armada.
No saben que la mano
señalada
Del jugador gobierna su
destino,
No saben que un rigor
adamantino
Sujeta su albedrío y su
jornada.
También el jugador es
prisionero
(La sentencia es de Omar)
de otro tablero
De negras noches y de
blancos días.
Dios mueve al jugador, y
éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios
la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño
y agonías.
AL VINO
En el bronce de Homero
resplandece tu nombre,
negro vino que alegras el
corazón del hombre.
Siglos de siglos hace que
vas de mano en mano
desde el ritón del griego
al cuerno del germano.
En la aurora ya estabas.
A las generaciones
les diste en el camino tu
fuego y tus leones.
Junto a aquel otro río de
noches y de días
corre el tuyo que aclaman
amigos y alegrías.
Vino que como un Éufrates
patriarcal y profundo
vas fluyendo a lo largo
de la historia del mundo.
En tu cristal que vive
nuestros ojos han visto
una roja metáfora de la
sangre de Cristo.
En las arrebatadas
estrofas del sufí
eres la cimitarra, la
rosa y el rubí.
Que otros en tu Leteo
beban un triste olvido;
yo busco en ti las
fiestas del fervor compartido.
Sésamo con el cual
antiguas noches abro
y en la dura tiniebla,
dádiva y candelabro.
Vino del mutuo amor o la
roja pelea,
alguna vez te llamaré.
Que así sea.
DESPERTAR
Entra la luz y asciendo
torpemente
de los sueños al sueño
compartido
y las cosas recobran su
debido
y esperado lugar y en el
presente
converge abrumador y
vasto el vago
ayer: las seculares
migraciones
del pájaro y del hombre,
las legiones
que el hierro destrozó,
Roma y Cartago.
Vuelve también la
cotidiana historia:
mi voz, mi rostro, mi
temor, mi suerte.
¡Ah, sí aquel otro
despertar, la muerte,
me deparara un tiempo sin
memoria
de mi nombre y de todo lo
que he sido!
¡Ah, sí en esa mañana
hubiera olvido!
A UN GATO
No son más silenciosos
los espejos
Ni más furtiva el alba
aventurera;
Eres, bajo la luna, esa
pantera
Que nos es dado divisar
de lejos.
Por obra indescifrable de
un decreto
Divino, te buscamos
vanamente;
Más remoto que el Ganges
y el poniente,
Tuya es la soledad, tuyo
el secreto.
Tu lomo condesciende a la
morosa
Caricia de mi mano.
Has admitido,
Desde esa eternidad que
ya es olvido,
El amor de la mano
recelosa.
En otro tiempo estás.
Eres el dueño
de un ámbito cerrado como
un sueño.
LA LUNA
Cuenta la historia que en
aquel pasado
Tiempo en que sucedieron
tantas cosas
Reales, imaginarias y
dudosas,
Un hombre concibió el
desmesurado
Proyecto de cifrar el
universo
En un libro y con ímpetu
infinito
Erigió el alto y arduo
manuscrito
Y limó y declamó el
último verso.
Gracias iba a rendir a la
fortuna
Cuando al alzar los ojos
vio un bruñido
Disco en el aire y comprendió,
aturdido,
Que se había olvidado de
la luna.
La historia que he narrado,
aunque fingida,
Bien puede figurar el
maleficio
De cuantos ejercemos el
oficio
De cambiar en palabras
nuestra vida.
Siempre se pierde lo
esencial. Es una
Ley de toda palabra sobre
el numen.
No la sabrá eludir este
resumen
De mi largo comercio con
la luna.
No sé dónde la vi por vez
primera,
Si en el cielo anterior
de la doctrina
Del griego o en la tarde
que declina
Sobre el patio del pozo y
de la higuera.
Según se sabe, esta
mudable vida
Puede, entre tantas
cosas, ser muy bella
Y hubo así alguna tarde
en que con ella
Te miramos, oh luna
compartida.
Más que las lunas de las
noches puedo
Recordar las del verso:
la hechizada
Dragon moon que da horror
a la halada
Y la luna sangrienta de
Quevedo.
De otra luna de sangre y
de escarlata
Habló Juan en su libro de
feroces
Prodigios y de júbilos
atroces;
Otras más claras lunas
hay de plata.
Pitágoras con sangre
(narra una
Tradición) escribía en un
espejo
Y los hombres leían el
reflejo
En aquel otro espejo que
es la luna.
De hierro hay una selva
donde mora
El alto lobo cuya extraña
suerte
Es derribar la luna y
darle muerte
Cuando enrojezca el mar
la última aurora.
...............................
Sé que, entre todas las
palabras, una
Hay para recordarla o
figurarla.
El secreto, a mi ver,
está en usarla
Con humildad. Es la
palabra luna.
Ya no me atrevo a macular
su pura
Aparición con una imagen
vana;
La veo indescifrable y
cotidiana
Y más allá de mi
literatura.
Sé que la luna o la
palabra luna
Es una letra que fue
creada para
La compleja escritura de
esa rara
Cosa que somos, numerosa
y una.
Es uno de los símbolos
que al hombre
Da el hado o el azar para
que un día
De exaltación gloriosa o
de agonía
Pueda escribir su
verdadero nombre
LLANEZA
A Haydée Lange
Se abre la verja del
jardín
con la docilidad de la
página
que una frecuente
devoción interroga
y adentro las miradas
no precisan fijarse en
los objetos
que ya están cabalmente
en la memoria.
Conozco las costumbres y
las almas
y ese dialecto de
alusiones
que toda agrupación
humana va urdiendo.
No necesito hablar
ni mentir privilegios;
bien me conocen quienes
aquí me rodean,
bien saben mis congojas y
mi flaqueza.
Eso es alcanzar lo más
alto,
lo que tal vez nos dará
el Cielo:
no admiraciones ni
victorias
sino sencillamente ser
admitidos
como parte de una
Realidad innegable,
como las piedras y los
árboles.
ARTE POÉTICA
Mirar el río hecho de
tiempo y agua
y recordar que el tiempo
es otro río,
saber que nos perdemos
como el río
y que los rostros pasan
como el agua.
Sentir que la vigilia es
otro sueño
que sueña no soñar y que
la muerte
que teme nuestra carne es
esa muerte
de cada noche, que se
llama sueño.
Ver en el día o en el año
un símbolo
de los días del hombre y
de sus años,
convertir el ultraje de
los años
en una música, un rumor,
y un símbolo,
ver en la muerte el
sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la
poesía
que es inmortal y pobre.
La poesía
vuelve como la aurora y
el ocaso.
A veces en las tardes una
cara
nos mira desde el fondo
de un espejo;
el arte debe ser como ese
espejo
que nos revela nuestra
propia cara.
También es como el río
interminable
que pasa y queda y es
cristal de un mismo
Heráclito inconstante,
que es el mismo
y es otro, como el río
interminable.
UNA ROSA
De las generaciones de
las rosas
que en el fondo del
tiempo se han perdido
quiero que una se salve
del olvido,
una sin marca o signo
entre las cosas
que fueron. El destino me
depara
este don de nombrar por
vez primera
esa flor silenciosa, la
postrera
rosa que Milton acercó a
su cara,
sin verla. Oh tú bermeja
o amarilla
o blanca rosa de un
jardín borrado,
deja mágicamente tu
pasado
inmemorial y en este
verso brilla,
oro, sangre o marfil o
tenebrosa
como en sus manos,
invisible rosa.
EL INGENUO
Cada aurora -nos dicen-
maquina maravillas
capaces de torcer la más
terca fortuna;
hay pisadas humanas que
han medido la luna
y el insomnio devasta los
años y las millas.
En el azul acechan
públicas pesadillas
que entenebran el día. No
hay en el orbe una
cosa que no sea otra, o
contraria, o ninguna.
A mí sólo me inquietan
las sorpresas sencillas.
Me asombra que una llave
pueda abrir una puerta,
me asombra que mi mano
sea una cosa cierta,
me asombra que del griego
la eleática saeta
instantánea no alcance la
inalcanzable meta,
me asombra que la espada
cruel pueda ser hermosa,
y que la rosa tenga el olor de la rosa.
PUBLICIDAD
La Puerta, el Eco, el
Huésped y el Palacio,
sobre un muñeco que con
torpes manos
labró, para enseñarle los
arcanos
de las Letras, del Tiempo
y del Espacio.
El simulacro alzó los
soñolientos
párpados y vio formas y
colores
que no entendió, perdidos
en rumores
y ensayó temerosos
movimientos.
Gradualmente se vio (como
nosotros)
aprisionado en esta red
sonora
de Antes, Después, Ayer,
Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo,
Tú, Aquellos, Otros.
(El cabalista que ofició
de numen
a la vasta criatura apodó
Golem;
estas verdades las
refiere Scholem
en un docto lugar de su
volumen.)
El rabí le explicaba el
universo
“esto es mi pie; esto el
tuyo, esto la soga.”
y logró, al cabo de años,
que el perverso
barriera bien o mal la
sinagoga.
Tal vez hubo un error en
la grafía
o en la articulación del
Sacro Nombre;
a pesar de tan alta
hechicería,
no aprendió a hablar el
aprendiz de hombre.
Sus ojos, menos de hombre
que de perro
y harto menos de perro
que de cosa,
seguían al rabí por la
dudosa
penumbra de las piezas
del encierro.
Algo anormal y tosco hubo
en el Golem,
ya que a su paso el gato
del rabino
se escondía. (Ese gato no
está en Scholem
pero, a través del
tiempo, lo adivino.)
Elevando a su Dios manos
filiales,
las devociones de su Dios
copiaba
o, estúpido y sonriente,
se ahuecaba
en cóncavas zalemas
orientales.
El rabí lo miraba con
ternura
y con algún horror.
‘¿Cómo’ (se dijo)
‘pude engendrar este
penoso hijo
y la inacción dejé, que
es la cordura?’
‘¿Por qué di en agregar a
la infinita
serie un símbolo más?
¿Por qué a la vana
madeja que en lo eterno
se devana,
di otra causa, otro
efecto y otra cuita?’
En la hora de angustia y
de luz vaga,
en su Golem los ojos
detenían.
¿Quién nos dirá las cosas
que sentía
¿Dios, al mirar a su
rabino en Praga?
"El enamorado"
Lunas, marfiles,
instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de
Durero,
las nueve cifras y el
cambiante cero,
debo fingir que existen
esas cosas.
Debo fingir que en el
pasado fueron
Persépolis y Roma y que
una arena
sutil midió la suerte de
la almena
que los siglos de hierro
deshicieron.
Debo fingir las armas y
la pira
de la epopeya y los
pesados mares
que roen de la tierra los
pilares.
Debo fingir que hay
otros. Es mentira.
Sólo tú eres. Tú, mi
desventura
y mi ventura, inagotable
y pura.
"Ausencia"
Habré de levantar la
vasta vida
que aún ahora es tu
espejo:
cada mañana habré de
reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han
tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho
de tu imagen,
músicas en que siempre me
aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas
con mis manos.
¿En qué hondonada
esconderé mi alma
para que no vea tu
ausencia
que, como un sol
terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y
despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la
garganta,
el mar al que se hunde.
"La lluvia"
Bruscamente la tarde se
ha aclarado
Porque ya cae la lluvia
minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es
una cosa
Que sin duda sucede en el
pasado.
Quien la oye caer ha
recobrado
El tiempo en que la
suerte venturosa
Le reveló una flor
llamada rosa
Y el curioso color del
colorado.
Esta lluvia que ciega los
cristales
Alegrará en perdidos
arrabales
Las negras uvas de una
parra en cierto
Patio que ya no existe.
La mojada
Tarde me trae la voz, la
voz deseada,
De mi padre que vuelve y
que no ha muerto.
"Al triste"
Ahí está lo que fue: la
terca espada
del sajón y su métrica de
hierro,
los mares y las islas del
destierro
del hijo de Laertes, la
dorada
luna del persa y los sin
fin jardines
de la filosofía y de la
historia,
el oro sepulcral de la
memoria
y en la sombra el olor de
los jazmines.
Y nada de eso importa. El
resignado
ejercicio del verso no te
salva
ni las aguas del sueño ni
la estrella
que en la arrasada noche
olvida el alba.
Una sola mujer es tu
cuidado,
igual a las demás, pero
que es ella.
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