AMARILIS
HIPÓTESIS DE IDENTIDAD
María de Rojas y Garay
Según Guillermo Lohmann
Villena, su nombre verdadero era María de Rojas y Garay (¿1594? -1622). Con
certeza se debe afirmar la teoría de Lohmann debido a sus fundamentos
biográficos, así como tomando en cuenta la Epístola a Belardo publicada en
1621. Huérfana, provenía de dos familias inquisidoras ilustres que fundaron la
ciudad de León (antiguo nombre de Huánuco). Fue pupila seglar del beaterio de
las Agustinas Recoletas de Lima, donde recibiría una estricta y amplia
formación renacentista. María de Rojas se exclaustraría en 1617, para contraer
matrimonio. Falleció en 1622, poco antes de que llegaran al Perú las primeras
copias de La Filomena de Lope de Vega.
POEMA EPISTOLA A BELARDO DE AMARILIS
Tanto como la vista, la noticia
de grandes cosas suele las más
veces
al alma tiernamente
aficionarla,
que no hace el amor siempre
justicia,
ni los ojos a veces son jueces
del valor de la cosa para
amarla:
Mas suele en los oídos
retratarla
con tal virtud y adorno,
haciendo en los sentidos un
soborno
(aunque distinto tengan el sujeto,
que en todo y en sus partes es
perfecto),
que los inflama a todos
y busca luego aficiosos modos,
con el que pueda entenderse
el corazón, que piensa
entretenerse,
con dulce imaginar para
alentarse
sin mirar que no puede
amor sin esperanza sustentarse.
El sustentarse amor sin
esperanza,
es fineza tan rara, que
quisiera
saber su en algún pecho se ha
hallado,
que las más veces la
desconfianza
amortigua la llama que pudiera
obligar con amar lo deseado;
mas nunca tuve por dichoso
estado
amar bienes posibles,
sino aquellos que son más
imposibles.
A éstos ha de amar un alma
osada;
pues para más alteza fue
criada
que la que el mundo enseña;
y así quiero hacer una reseña
de amor dificultoso,
que sin pensar desvela mi
reposo,
amando a quien no veo y me
lastima:
Ved qué extraños contrarios,
venidos de otro mundo y de
otro clima.
Al fin de éste, donde el Sur
me esconde
oí, Belardo, tus conceptos
bellos,
tu dulzura y estilo milagroso;
vi con cuánto favor te corresponde
el que vio de su Dafne los
cabellos
trocados de su daño en lauro
umbroso
y admirando tu ingenio
portentoso,
no puedo reportarme
del descubrirme a ti, y a mí
dañarme.
Mas ¿qué daño podría nadie
hacerme
que tu valer no pueda
defenderme?
Y tendré gran disculpa,
si el amarte sin verte, fuera
culpa,
que el mismo que lo hace,
probó primero el lazo en que
me enlace,
durando para siempre las
memorias
de los sucesos tristes,
que en su verguenza cuentan
las historias.
Esto mi voluntad te da y ofrece
y ojalá yo pudiera con mis
obras
hacerte prendas de mayor
estima:
mas dionde tanto se merece,
de nadie no recibes, sino
cobras
lo que te debe el mundo en
prosa y rima.
He querido, pues viéndote en
la cima
del alcázar de Apolo,
como su propio dueño, único y
solo,
pedirte un don, que te
agradezca el cielo,
para bien de tu alma y mi
consuelo.
No te alborotes, tente,
que te aseguro bien que te
contente,
cuando vieres mi intento,
y sé que lo harás con gran
contento,
que al liberal no importa para
asirle,
significar pobrezas,
pues con que más se agrada es
con pedirle.
Yo y mi hermana, una santa
celebramos,
cuya vida de nadie ha sido
escrita,
como empresa que muchos han
tenido:
El verla de tu mano deseamos;
tu dulce Musa alienta y
resucita,
y ponla con estilo tan subido
que sea dondequiera conocido
y agradecido sea
de nuestra santa virgen
Dorotea.
¡Oh, qué sujeto, mi Belardo,
tienes
con que de lauro coronar tus
sienes,
podrás, si no emperezas,
contando de esta virgen las
grandezas,
que reconoce el cielo,
y respeta y adora todo el
suelo:
De esta divina y admirable
Santa
su santidad refiere,
y dulcemente su martirio
canta!
Ya veo que tendrás por cosa
nueva
no que te ofrezca censo un
mundo nuevo,
que a ti cien mil que hubiera
te le dijeran;
mas que mi Musa rústica se
atreva
a emprender el asunto a que me
atrevo,
hazaña que cien Tassos no
emprendiera,
ellos, al fin, son hombre y
temieran;
más la mujer, que es fuerte,
no teme alguna vez la misma
muerte.
Pero si he parecídote
atrevida,
a lo menos parézcate rendida,
con fines desiguales
Amor los hace con su fuerza
iguales:
Y quédote debiendo
no que me sufras, más que
estés oyendo
con singular paciencia mis
simplezas,
ocupado continuo
en tantas excelencias y
grandezas.
Versos cansados, ¿qué furor os
lleva a ser sujetos de
simpleza indiana
y a poneros en brazos de
Belardo?
Al fin, aunque amarguéis, por
fruta nueva,
os vendrán vuestro gusto
bronco y tardo;
el ingenio gallardo,
en cuya mesa habéis de ser
honrados,
hará vuiestros intentos
deisculpados:
Navegad, buen viaje, haced la
vela
guiad un alma, que sin alas
vuela.
Canta Amarilis, y su voz
levanta
mi alma desde el orbe de la
luna
a las inteligencias, que
ninguna
la suya imita con dulzura
tanta.
De su número luego me
trasplanta
a la unidad, que por sí misma
es una,
y cual si fuera de su coro
alguna,
alaba su grandeza cuando
canta.
Apártame del mundo tal
distancia,
que el pensamiento en su
Hacedor termina,
mano, destreza, voz y
consonancia.
Y es argumento que su voz
divina
algo tiene de angélica
sustancia,
pues a contemplación tan alta
inclina.
“EPISTOLA A BELARDO”
Oí tu voz, Belardo: mas ¿qué
digo?
No Belardo, Milagro han de
llamarte
éste es tu nombre, el cielo te
lo ha dado
y amor que nunca tuvo paz
conmigo
te me representó parte por
parte,
en ti más que en sus fuerzas
confiado,
mostróse en esta empresa más
osado,
por ser el artificio
peregrino en la traza y el oficio,
otras puertas del alma
quebrantando,
no por los ojos míos, que
velando,
están, en gran pureza,
mas por oídos, que cuya
fortaleza
ha sido y es tan fuerte,
que por ellos no entró sombra
de muerte,
que tales son palabras
desmandadas,
sí vírgenes las oyen,
que a Dios han sido y son
sacrificadas.
Quiero, pues, comenzar a darte
cuenta
de mis padres y patria y de mi
estado
porque sepas quién te ama y
quién te escribe,
bien que ya la memoria me
atormenta
renovando el dolor, que aunque
llorado
está presente y en el alma
vive,
no quiera Dios que en
presunción estribe
lo que aquí te dijere,
ni que fábula alguna
compusiere,
que suelen causas propias
engañarnos,
en referir grandezas
halagarnos,
que la filaucia engaña
más que no la verdad nos
desengaña,
especialmente cuando
vamos en honras vanas
estribando
de éstas pudiera bien decirte
muchas,
mas quédense en silencio
pues atento con templo que me
escuchas.
En este imperio oculto que el
Sur baña,
más el Baco pisadas que de
Alcides,
entre un trópico frío y otro
ardiente,
adonde fuerzas ínclitas de
España
con varios casos y continuas
lides
fama inmortal ganaron a su
gente,
donde Neptuno engasta su
tridente
en nácar y oro fino,
cuando Pizarro con su flota
vino,
fundó ciudades y dejó
memorias,
que eternas quedarán en las
historias:
A quien un valle ameno,
de tantos bienes y delicias
lleno,
que siempre es primavera,
merced del dueño de la cuarta
esfera,
la ciudad de león fue edificada,
y con hado dichoso,
quedó de héroes fortísimos
poblada.
De padres nobles dos hermanas
fuimos
que nos dejaron con temprana
muerte,
aun no desnudos de pueriles
paños.
El cielo y una tía que
tuvimos,
suplió la soledad de nuestra
suerte
con el amparo suyo algunos
años,
huimos siempre de sabrosos
daños,
y así nos inclinamos
a virtudes heroicas que
heredamos
de la beldad, que el cielo acá
reparte,
nos cupo, según dicen, mucha
parte
con otras muchas prendas,
no son poco bastante las
haciendas
al continuo sustento,
y estamos juntas, con tan gran
contento,
que una alma a entrambas rige
y nos gobierna,
sin que haya tuyo y mío,
sino que amorosa, dulce y
tierna.
Ha sido mi Belisa celebrada,
que éste es su nombre, y
Amarillis mío,
entrambas de afición
favorecidas:
Yo he sido a dulces Musas
inclinada:
mi hermana, aunque menor,
tiene más brío,
y partes por quien es muy
conocidas;
al fin todas han sido
merecidas
con alegre himeneo
de un joven venturoso, que en
trofeo
a su fortuna y vencedora palma
alegre la rindió prendas del alma;
yo, siguiendo otro trato,
contenta vivo en limpio
celibato
con virginal estado
a Dios con grande afecto
consagrado,
y espero en su bondad y en su
grandeza
me tendrá de su mano
guardando inmaculada mi
pureza.
-0-
De la beldad que el cielo acá
reparte
nos cupo, según dicen, mucha
parte,
con otras muchas prendas:
No son poco bastantes las
haciendas
al continuo sustento;
y estamos juntas, con tan gran
contento,
que una alma a entrambas rige
y nos gobierna,
sin que haya tuyo y mío,
sino paz amorosa, dulce y
tierna.
Ha sido mi Belisa celebrada,
que éste es su nombre, y
Amarilis mío,
entrambas de afición
favorecidas:
Yo he sido a dulces musas
inclinada;
mi hermana, aunque menor,
tiene más brío,
y partes, por quien es, muy
conocidas.
Al fin todas han sido
merecidas
con alegre himeneo
de un joven venturoso, que en
trofeo
a su fortuna y vencedora
palma,
alegre la rindió prendas del
alma.
Yo siguiendo otro trato,
contenta vivo en limpio
celibato,
con virginal estado,
a dios con gran afecto
consagrado,
y espero en su bondad y su
grandeza
me tendrá de su mano
guardando inmaculada mi
pureza.
El sustentarse amor sin
esperanza,
es fineza tan rara, que
quisiera
saber si en algún pecho se ha
hallado;
. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mas nunca tuve por dichoso
estado
amar bienes posibles,
sino aquellos que son más
imposibles.
a éstos ha de aspirar mi alma
osada,
pues para más alteza fué
criada
que la que el mundo enseña;
y así quiero hacer una reseña
de amor dificultoso,
que sin pensar desvela mi
reposo,
Amando a quien no veo, y me
lastima:
¡Ved qué extraños contrarios,
venidos de otro mundo y de
otro clima!
Al fin en éste donde el Sur me
esconde
oí, belardo, tus conceptos
bellos,
tu dulzura y estilo milagroso,
. . . . . . .. . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . .
Y admirando tu ingenio
portentoso,
no pude reportarme
de descubrirme a ti, y a mí,
dañarme.
. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . .
Oí tu voz, Belardo; más ¿qué
digo?
No Belardo, milagro han de
llamarte:
Este es tu nombre, el cielo te
le ha dado;
y amor, que nunca tuvo paz
conmigo,
te me representó parte por
parte,
en ti más que en sus fuerzas confiado.
Mostróse en esta empresa más
osado,
por ser el artificio
peregrino en la traza y el
oficio,
otras puertas del alma
quebrantando.
No por los ojos míos, que
velando
están con gran pureza;
mas por oídos, cuya fortaleza
ha sido y es tan fuerte,
que por ellos no entró sombra
de muerte,
que tales son palabras
desmandadas,
si vírgenes las oyen,
que a Dios han sido y son
sacrificadas.
Con gran razón a tu valor
inmenso
consagran mil deidades sus
labores,
cuando manijan perlas en sus
faldas:
Todo ese mundo allí te paga
censo,
y éste de acá, mediante tus
favores,
crece en riquezas de oro y
esmeraldas:
Potosí, que sustenta en sus
espaldas
entre el invierno crudo
aquel peso, que atlante ya no
pudo,
confiesa que su fama te la
debe;
y quien del claro lima el agua
bebe,
sus primicias te ofrece,
después que con sus dones se
engrandece,
acrecentando ofrendas
a tus excelsas y admirables
prendas:
Yo que aquestas grandezas voy
mirando,
entretenida en ellas,
las voy en mis entrañas
celebrando.
PARA BIEN DE TU ALMA Y MI CONSUELO
En tu patria, Belardo, mas no
es tuya,
no sientas mucho verte
peregrino...
. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Que otro origen tuviste más
divino
y otra gloria mayor, si la
buscares.
¡Oh, cuánto acertarás, si
imaginares
que es patria tuya el cielo,
y que eres peregrino acá en el
suelo!
. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Pues, peregrino mío,
vuelve a tu natural: póngante
brío,
no las murallas, que elevó tu
canto
en Tébas engañosas,
mas las eternas, que te
importan tanto.
Allá deseo en santo amor
gozarte,
pues acá es imposible poder
verte,
Y temo tus peligros y mis
faltas:
Tabla tiene el naufragio, y
escaparte
puedes en ella de la eterna
muerte,
si del bien frágil al divino
saltas;
las singulares gracias con que
esmaltas
tus soberanas obras,
con que fama inmortal continuo
cobras,
empléalas de hoy más en versos
lindos,
en soberanos y divinos Pindos:
Tus divinos concetos
allí serán más dulces y
perfectos;
que el mundo a quien le sigue,
en vez de premio al bienhechor
persigue,
y contra la virtud apresta el
arco
con ponzoñosas flechas
de la maligna aljaba de
Aristarco.
. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Finalmente, Belardo, yo te
ofrezco
Una alma pura a tu valor
rendida:
Acepta el don, que puedes
estimallo;
y dándome por fe lo que
merezco,
quedará mi intención
favorecida.
. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y para darte más, no sé si
hallo.
Déte el cielo favores,
las dos arabias bálsamo y
olores,
cambaya sus diamantes, tíbar
oro,
marfil sofala, persia su
tesoro,
perlas los orientales,
el rojo mar finísimos corales,
balajes los ceilanes,
áloe precioso sárnaos y
campanes,
rubíes pegugamba, y nubia
algalia,
ametistes rarsinga,
y prósperos sucesos Acidalia
. . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . .
Ya veo que tendrás por cosa
nueva,
no que te ofrezca censo un
mundo nuevo,
que a ti cien mil que hubiese
te le dieran;
mas que mi musa rústica se
atreva
a emprender el asunto a que me
arrojo,
hazaña que cien Tassos no
emprendieran:
Ellos al fin son hombres, y
temieran;
mas la mujer, que es fuerte,
no teme alguna vez la misma muerte.
pero si he parecídote
atrevida,
a lo menos parézcate rendida;
que fines desiguales
amor los hace con su fuerza
iguales;
y quédote debiendo,
no que me sufras, mas que
estés oyendo
con singular paciencia mis
simplezas,
ocupado contino
en tantas excelencias y
grandezas.
versos cansados, ¿qué furor os
lleva
a ser sujeto de simpleza
indiana,
y a poneros en mano de
belardo?
al fin, aunque amarguéis, por
fruta nueva
os vendrán a probar, aunque
sin gana,
y verán vuestro gusto bronco y
tardo:
El ingenio gallardo,
en cuya mesa habéis de ser
honrados,
Hará vuestros intentos
disculpados:
Navegad: buen viaje: haced la
vela:
Guiad un alma que sin alas
vuela.



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